Los duendes de la verdad



 
 Cuentan que hace mucho tiempo, unos duendes se dedicaban a construir dos palacios, el de la verdad y el de la mentira. Los ladrillos del palacio de la verdad se creaban cada vez que un niño decía una verdad, y los duendes de la verdad los utilizaban para hacer su castillo. Lo mismo ocurría en el otro palacio, donde los duendes de la mentira construían un palacio con los ladrillos que se creaban con cada nueva mentira. Ambos palacios eran impresionantes, los mejores del mundo, y los duendes competían duramente porque el suyo fuera el mejor.

Tanto, que los duendes de la mentira, mucho más tramposos, enviaron un grupo de duendes al mundo para conseguir que los niños dijeran más y más mentiras. Y como lo fueron consiguiendo, empezaron a tener muchos más ladrillos, y su palacio se fue haciendo más grande y espectacular. Pero un día, algo raro ocurrió en el palacio de la mentira: uno de los ladrillos se convirtió en una caja de papel. Poco después, otro ladrillo se convirtió en arena, y al rato otro más se hizo de cristal y se rompió. Y así, poco a poco, cada vez que se iban descubriendo las mentiras que habían creado aquellos ladrillos, éstos se transformaban y desaparecían, de modo que el palacio de la mentira se fue haciendo más y más débil, perdiendo más y más ladrillos, hasta que finalmente se desmoronó.

Y todos, incluidos los duendes mentirosos, comprendieron que no se pueden utilizar las mentiras para construir nada, porque nunca son lo que parecen y no se sabe en qué se convertirán. En cambio sobre la verdad si.

El cristianismo está construido sobre verdades que nos contaron pero que nosotros no vimos. Después de 2000 años, los cristianos seguimos creyendo en el testimonio de un grupo de discípulos de Jesús que lo vieron resucitados. Si aquello hubiera sido mentira, la mentira hubiera terminado rápido. Pero como es la verdad y Jesús está vivo entre nosotros, la Iglesia ha seguido creciendo en el mundo a pesar de muchas persecuciones y problemas. 

El Evangelio nos recuerda las palabras de Jesús que decía: “Felices los que creen sin haber visto!”, y se refería a cada uno de nosotros, que sin haber visto con nuestros ojos de carne a Jesús resucitado, creemos en El y lo vemos con los ojos de la Fe. Pidamos a María que nos acompañe como a aquella primera comunidad, para que no tengamos miedo de dar testimonio de la buena noticia: Jesús ha resucitado y está vivo entre nosotros.

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